"Una de las trampas de la juventud es que no necesitas entender algo para sentirlo [...]"
Ciertas historias con personajes de edad similar a la mía en aquel entonces fueron las que capturaron fugazmente mi atención e ímpetu lector. Era una situación común, prácticamente una regla general, aunque las variables eran la temática de esas lecturas primigenias. Nuestros compañeros de años avanzados, los recuerdo, hablaban de títulos como 'El Camino' de Kerouac, o 'Aullido' de Ginsberg. Una cultura beatnik. Una más de las contraculturas. No sé si aún podía hablarse de contraculturas por aquel entonces. No tengo ni idea si aún ahora puede hacerse.
Lo nuestro fue un poco más tradicional si se quiede decir. Pero esta lectura en particular, el segundo libro de la trilogía de Ernesto Sábato, significó una enorme pausa. Adentrarse en su contenido de vez en cuando fue un poco tedioso, debido a la difucultad para entender ciertas peculiaridades de la cultura argentina. Pero lo importante para mí fue entender esa trama tan extraña.
En resumen todo se trata de un testimonio, pero es tan violento, lamentable, misterioso y oscuro, que fue imposible terminar aquella historia sin una sensación de no haber resuelto las cosas. Esta situación, como era de esperarse, perduró más de la cuenta. Busqué respuestas al igual que muchos, el mismo autor cuando era entrevistado hablaba de cómo muchas personas le cuestionaban sobre los significados. El muy cretino respondía que ni él mismo sabía por qué escribía lo que escribía.
Me digo a mí mismo que siendo objetivos la trama podría calificarse de sencilla, pero ahí está el asunto, no se puede ser objetivo con estas cosas cuando de lo que se trata es de apreciar una obra y dejarse llevar. El lector colabora con el escritor para que la historia pueda tener vida propia. Al final hemos sido todas nosotras las personas que propiciaron un desenlace tan extraño. Y después ha sucedido que la confusión nos pertenece, tanto como los significados a los que llegamos en conjunto.
Creo que al final todo es así, una interminable construcción de puentes, que no sucede sino gracias a la mutua colaboración. Y no se pueden construir puentes hacia los lugares de donde nadie quiere salir. Qué grato es el desinterés que existe en estas multitudes de personas a las que les gusta estar confundidas y con situaciones que no se resuelven nunca. Casi una sociedad ideal.
Me pregunto qué tanto de lo que hemos leído fue real.